Celo

Existen ocasiones en la vida, en las que un acto, hecho o circunstancia, es capaz de hacer aflorar de nuestro interior, las más profundas pasiones y los anhelos más escondidos. Algo así me ocurrió el fin de semana pasado, durante un tranquilo paseo por el parque.

Llevaba un buen rato deambulando sin rumbo concreto, dejando vagar la mente en mil pensamientos inconexos, cuando la vi caminar, distraída, con pasos armoniosos, a la tenue luz de un templado atardecer. Como una divina aparición bañada por los rayos solares, su silueta emanaba el aliento de una diosa, cuya reencarnación sobre la tierra, me hubiese elegido a mi, como único mortal testigo de aquel hecho. Inmediatamente toda mi atención se centró en su estilizado y escultural cuerpo, que con gráciles movimientos parecía atraerme con un místico hechizo. La seguí sin que me viera, hasta el interior de una pequeña alameda, protegida de miradas curiosas, y observé boquiabierto mientras se recostaba despacio sobre la fresca y verde hierba.

Oculto tras unos matorrales, permanecí en silencio mientras aquella hembra divina, jugueteaba con una blanca mariposa que volando, fue a posarse sobre su espalda desnuda. Asistí, incapaz de retirar la mirada, a la sensual y rítmica danza, repleta de sugerentes movimientos y excitantes toqueteos, que a escasos metros frente a mi, mi desconocida dama estaba ofreciéndome. Sentí que un intenso calor se abría paso por mis venas y que mi piel ardía de excitación. El sudor se adueño de mi frente, mi boca se quedó seca y en mi entrepierna, mi hombría se hizo carne y latió con fuerza.

Ella continúo su juego y se giró hacia mí. Un mechón rubio rozó ligeramente uno de sus pezones. Levantó la pierna izquierda ligeramente, dejando entrever el impúdico triangulo que anidaba entre sus muslos, y ante aquella visión, gemí de placer. Ella me oyó. Alzó sus ojos y me miró, lascivamente, con lujuria, y me dijo, ven. Yo, incapaz de pensar o sentir otra cosa que no fuese deseo, me acerque despacio, tembloroso pero pletórico. Enhiesta mi bandera. Enrojecida por múltiples oleadas de mi ferviente sangre. Ávido de placer y ansioso por hacerla mía, llegué hasta su lado. Ella se recostó, sonrió y se dejó hacer. Yo, sintiéndome el más afortunado de los mortales, me dispuse a inundarla de mi propio ser y a gozarla como nunca nadie lo hizo.

En ese momento y para mi desgracia, una voz se dejó oír entre los árboles.

-¡Chuuuchooo! ¡Que te meto una leche que te cagas! ¡Será hijo puta el perro, que me va a empreñar a la galga!

Tuve que salir a la carrera, con mi deseo truncado, mi ansia vencida y mis vergüenzas al aire. Ahora, cada noche sueño con ella y con esa mirada lujuriosa, y aúllo de deseo por volverla a ver.


J. G. B. - Julio, 2007


¿Qué decir de mi? Aprendiz de todo y maestro de poco. Aquí os dejo una pequeña muestra de lo que soy. Leves retazos de lo que me llena y lo que me inspira. Lo demas, aquello que es obvio, lo descarto por no ser de especial interes, ni para mi, ni para los que por aquí se dejan caer.

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