Existió una vez, una palabra viajera que recorrió el mundo de un extremo a otro. En cada lugar al que la palabra llegaba, visitaba las casas de los hombres presentándose. Cuando los hombres le preguntaban su nombre, la palabra respondía “soy la verdad”, y siempre que eso ocurría, los hombres se volvían serios y desconfiados, pues cada uno de ellos decía y aseguraba que la autentica verdad habitaba en su morada. Y así de esta forma la palabra viajera era expulsada de cada casa y de cada lugar.
En cierta ocasión, la palabra, cansada de vagar por el mundo, ascendió a lo alto de una montaña y allí encontró una humilde cabaña donde vivía un anciano pastor ciego. Cuando la palabra se presentó, el hombre quedó pensativo y después de meditarlo profundamente aseguró que aquello no era posible, puesto que la verdad vivía con él desde hacía muchos años. Y para que la palabra viajera pudiera comprobarlo, el anciano la invitó a pasar al interior de su hogar y junto al calor de la chimenea le dijo:
- ¿Ves esta silla que hay al lado de la chimenea, aquí junto a la ventana por la que cada mañana entra la luz del sol? Pues aquí sentada, se encuentra la verdad.
La palabra miró confundida a la silla, pues ésta se hallaba vacía, y tras unos instantes de indecisión tomo asiento. Después, el anciano se sentó en otro lugar de la estancia y esperó paciente.
Años más tarde, muchos hombres venidos desde distintos lugares del mundo, visitaban el hogar de un viejo pastor sabio para pedirle consejo. Pero sólo aquellos que no arrastraban a su autentica verdad de la mano, podían sentarse junto al fuego y descansar.
J. G. B. - Noviembre, 2006
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