Me han dicho que tengo que escribir un relato. Me han dicho que lo debo escribir a mano y que no debe de pasar de un par de hojas. Todo ello para una especie de concurso o algo así. Algo particular, entre amigos y sin más animo que el de pasarlo bien.
Lo cierto es que no he pensado en ninguna temática concreta. No surgen las palabras en la mente como en otras ocasiones. No se hilvanan las frases tejiendo el cuerpo de la narración como si de un ajustado vestido se tratase. Y las ideas que se agolpan en mi cerebro, se ahogan antes de transformarse en conceptos que dibujen una historia sobre el papel. Quizás todo ello se deba a que en el fondo de mi conciencia, en el rincón más oculto de mi memoria, y en los desconocidos recovecos de mi subconsciente, aún late el más primitivo de los temores. El cual me impide pensar en otra cosa que no sea el origen del mismo.
Me han dicho que debo escribir una historia y que no debe superar las dos hojas, aunque si cuento ésta, necesitaré algo más de papel.
Todo ocurrió hace unos días. Concretamente el viernes por la noche. Hoy es domingo y apenas si he podido dormir durante el fin de semana. Mi estado es lamentable, por lo que me han preguntado si estoy enfermo. Yo he respondido que debo haber agarrado algún resfriado en este otoño que acaba de empezar. Pero lo cierto es que la causa de mi desastrosa imagen es la falta de sueño. Eso y el miedo. Miedo a dormir y a que esa cosa, esa monstruosidad, esa imagen que habita al otro lado me atrape desprevenido y cumpla lo que me prometió que iba hacer conmigo.
Pero me desvío del tema y me voy por las ramas. Es lógico, ya que apenas si puedo concentrarme. Intentaré hacer un esfuerzo y pondré sobre el papel todo lo que me ocurrió y todo lo que vi, con la esperanza de encontrar algún elemento pasado por alto y que pudiera darme alguna esperanza.
Eran aproximadamente las dos de la mañana, cuando el viernes pasado regresé a casa después de haber tomado unas copas con los amigos. Abrí la puerta y sin más dilación me dirigí al dormitorio. Estaba muy cansado y quería dormir. Al día siguiente debía levantarme temprano, ya que a pesar de ser sábado tenía que trabajar. Entré en mi cuarto, me desvestí, y sin pausa alguna me metí en la cama y me dormí. Debieron pasar un par de horas en las que tuve un sueño nervioso e intranquilo, posiblemente debido a alguna copa de más. El caso es que cuando dieron las cuatro en mi reloj, algo me despertó de golpe.
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Durante unos breves instantes permanecí erguido sobre el colchón, con el oído atento a cualquier sonido, el corazón latiendo a toda velocidad y los ojos muy abiertos. Pero en la oscuridad a mí alrededor no pude apreciar imagen alguna y el denso silencio que me envolvía, no me proporcionó pista alguna sobre lo que podía haber ocurrido. En un principio pensé que algún mueble en mi casa debía haberse caído, dado el estruendo que me había sobresaltado, por lo que encendí la luz del cuarto, me levante y busque el lugar en donde sin duda se habría producido el accidente. Tras unos minutos sin encontrar nada anormal me senté en el salón y busque en mi mente otra explicación a lo ocurrido. De repente en mi cerebro surgió un pensamiento y ese pensamiento se transformó en un temor creciente. “¡Hay alguien en el interior de mi casa!” Yo vivo solo y ante la idea de que un desconocido, un ladrón o váyase usted a saber qué individuo y con qué intenciones, pudiera encontrase escondido en algún lugar, mi corazón volvió a latir a toda velocidad. Me levanté y busqué algún objeto contundente con el que pudiera defenderme de un posible ataque. Miré a mí alrededor y observé colgada sobre la pared una katana que un buen amigo me regaló hacia tiempo. Era tan solo un arma decorativa, sin filo alguno, pero con la suficiente consistencia como para partir algunas costillas llegado el caso.
Con un par de rápidos pasos me situé a su lado, la descolgué y la esgrimí con fuerza por encima de mi cabeza. De esta forma, recorrí cada una de las habitaciones, prestando especial atención a los armarios y las cortinas. La búsqueda duró unos veinte minutos y resultó infructuosa. Convencido de que la idea de un ladrón resultaba absurda, me dejé caer en el sofá, sumamente aliviado y un tanto avergonzado. Si cualquiera me hubiese visto saltar tras las cortinas espada en mano y abrir los armarios utilizando una katana decorativa a modo de trinchete de camisas, seguramente habría llegado a la conclusión de que mi menda no andaba muy bien de la azotea. Devolví la espada a su lugar y decidí regresar a la cama, no sin antes pasar por el baño a refrescarme la cara. Entré en él, abrí el grifo y apoyé las manos sobre el lavabo. Mientras veía correr el agua hacía el agujero de la cañería sonreí por lo absurdo de la situación. Entonces fue cuando alce la vista miré el espejo y lo vi.
En un principio fue tan solo una imagen borrosa, una neblina que se superponía a mi propia imagen reflejada en el espejo. Una leve deformación de la visión, un fallo en la iluminación, un defecto del cristal, cualquier cosa pensé yo. Después la forma se expandió y fue más visible. No cabía duda, alguna mancha cuya procedencia era desconocida para mí, se estaba extendiendo por el espejo. Miré absorto hacía ese otro yo que me devolvía la mirada desde el otro lado y no pude entender que estaba ocurriendo en realidad. ¿Quizás un fallo en alguna cañería había provocado una fuga de agua que había ocasionado una mancha de humedad en la pared y esa humedad había llegado hasta el espejo? Imposible. El espejo se encontraba sobre la puerta de uno de esos armaritos que se utilizan para meter los enseres del baño. ¿Cómo iba la humedad a recorrer veinte centímetros de espacio vacío para llegar hasta el espejo? Decidí abrir la puerta del armario para comprobarlo y observé atónito cómo mis manos se negaban a soltar el borde del lavabo sobre el que me apoyaba. La fuerza había desaparecido de mis brazos y mi cuerpo se negaba a moverse. Los nervios afloraron a mi piel en forma de oleada de calor que me hizo comenzar a sudar. Comencé a maldecir en voz alta, preguntándome qué demonios estaba pasando e intenté forcejear para desprender mis manos de aquel lugar. Lo intente varios minutos, hasta que algo llamo mi atención.
Me había olvidado de la mancha en el espejo y cuando aprecié de reojo un movimiento extraño, devolví toda la atención al cristal enfrente de mí. Obviamente no estaba preparado para ver lo que mis ojos me mostraron, por lo que en mi garganta se formó un nudo. El nudo se transformó en un gemido y el gemido mutó hasta alcanzar el grado de grito. Y el grito resonó en mi mente hasta que todo fue oscuridad.
No se cuanto tiempo transcurrió ni lo que ocurrió durante el mismo. Lo único que recuerdo es que abrí los ojos y allí, en el cristal, o tras él, o sobre él, o quizás tan solo en mi mente que reflejaba lo que había surgido del otro lado, una forma levemente similar a mí, pero inhumanamente deformada, me miraba desde la oscuridad del otro lado del espejo. Los oscuros y vacíos ojos fijaban toda su atención en mi ser y la enorme cavidad que surgía donde debían estar los labios, se torcía en una deforme sonrisa irónica. La cosa que se erguía ante mí no tenía pelo, así como otros atributos en el rostro. Carecía de nariz y orejas y su cabeza se bamboleaba de un lado a otro como en una rítmica danza. Su delgado cuello contrastaba con el ancho torso del que surgía. Los hombros no mantenían uniformidad alguna y diversas hinchazones y abultamientos se podía apreciar sobre el pecho y brazos. De pronto y sin previo aviso, aquella cosa extendió sus largos y nudosos brazos y atravesando el cristal del espejo como si de una fina y leve cortina de agua se tratase, los acercó a mí. Abrió sus manos y me agarró los hombros con sus largos y huesudos dedos en forma de garras. Tras ello y en un visible esfuerzo inclinó el bamboleante cráneo hacia el espejo y lo atravesó lentamente. Conforme la cabeza de aquella monstruosidad cruzaba hasta mi lado del espejo, un nauseabundo olor procedente de la cavidad que hacía las veces de boca, se dejaba notar a mí alrededor, al tiempo que un gutural sonido surgido de aquella infame garganta me taladraba los odios. Cuando toda la cabeza y parte del pecho ya habían cruzado a este lado, la cosa me habló.
- ¡Glllhhh, no marchar, glllhhh, no ir. Tu, pequeña mosca. Tu ser mi hermanoalimento. Glllhhh, tu esperar a mí. Yo decir algo.
Después de emitir aquellos estridentes sonidos. La monstruosidad salida del espejo se inclinó más aún sobre mí y acercó su rostro hasta mi cabeza. Abrió las babeantes fauces, o lo que parecía ser la boca y literalmente engulló mi oído izquierdo. Tras ello, algo viscoso, frío y puntiagudo, se introdujo a través de él ocasionándome oleadas de intenso dolor. Mientras aquella cosa taladraba literalmente mi oído con alguna especie de lengua, aguijón u otro extraño apéndice, me hablaba de alguna forma desconocida y las palabras del ser surgían en mi mente simultáneamente a las punzadas de dolor.
- Glllhh, hermanoalimento, glllhhh, tu ahora estar conmigo siempre. Yo estar en ti, glllhhh, y tu venir conmigo después. No ahora. Después. Glllhhh, tu pequeña mosca que volar luego. Glllhhh, ahora tu dormir y ser buen hermanoalimento. Glllhhh, glllhhh, yo poner semilla en ti, glllhhh, tu dormir, semilla crecer, pequeña mosca volar, glllhhh. Luego tu ya no ser hermanoalimento, glllhhh, luego tu ser hermanoyo y buscar otro hermanoalimento, glllhhh, para más pequeñas moscas volar. Glllhhh, tu dormir, si.
Aquella horrible charla se mantuvo durante un tiempo incalculable, mientras la cosa hurgaba en mí, más profundamente cada vez. El dolor se hacía insoportable, el hedor del ser y el pánico bloquearon al fin mis sentidos y me desmayé.
Cuando abrí los ojos me encontraba tumbado en el suelo, bañado en sudor y dolorido. Mi oído izquierdo supuraba una excrecencia blanquecina maloliente y algo de sangre. Me levante temblando y mire con temor al espejo. El cristal se hallaba intacto y nada en el baño indicaba que allí hubiese ocurrido algo horrible. Salí de allí, fui a la cocina y bebí algo de agua, me limpie y huí de la casa en mitad de la noche. A la mañana siguiente no fui a trabajar. Regresé a mi hogar después de haber pasado la noche caminando y recordando las palabras que aquella maldita cosa había repetido una y mil veces. ¡Hermanoalimento! ¡Hermanoyo! Por fin había entendido el significado y por eso no he dormido en todo el fin de semana.
Lo cierto es que no he pensado en ninguna temática concreta. No surgen las palabras en la mente como en otras ocasiones. No se hilvanan las frases tejiendo el cuerpo de la narración como si de un ajustado vestido se tratase. Y las ideas que se agolpan en mi cerebro, se ahogan antes de transformarse en conceptos que dibujen una historia sobre el papel. Quizás todo ello se deba a que en el fondo de mi conciencia, en el rincón más oculto de mi memoria, y en los desconocidos recovecos de mi subconsciente, aún late el más primitivo de los temores. El cual me impide pensar en otra cosa que no sea el origen del mismo.
Me han dicho que debo escribir una historia y que no debe superar las dos hojas, aunque si cuento ésta, necesitaré algo más de papel.
Todo ocurrió hace unos días. Concretamente el viernes por la noche. Hoy es domingo y apenas si he podido dormir durante el fin de semana. Mi estado es lamentable, por lo que me han preguntado si estoy enfermo. Yo he respondido que debo haber agarrado algún resfriado en este otoño que acaba de empezar. Pero lo cierto es que la causa de mi desastrosa imagen es la falta de sueño. Eso y el miedo. Miedo a dormir y a que esa cosa, esa monstruosidad, esa imagen que habita al otro lado me atrape desprevenido y cumpla lo que me prometió que iba hacer conmigo.
Pero me desvío del tema y me voy por las ramas. Es lógico, ya que apenas si puedo concentrarme. Intentaré hacer un esfuerzo y pondré sobre el papel todo lo que me ocurrió y todo lo que vi, con la esperanza de encontrar algún elemento pasado por alto y que pudiera darme alguna esperanza.
Eran aproximadamente las dos de la mañana, cuando el viernes pasado regresé a casa después de haber tomado unas copas con los amigos. Abrí la puerta y sin más dilación me dirigí al dormitorio. Estaba muy cansado y quería dormir. Al día siguiente debía levantarme temprano, ya que a pesar de ser sábado tenía que trabajar. Entré en mi cuarto, me desvestí, y sin pausa alguna me metí en la cama y me dormí. Debieron pasar un par de horas en las que tuve un sueño nervioso e intranquilo, posiblemente debido a alguna copa de más. El caso es que cuando dieron las cuatro en mi reloj, algo me despertó de golpe.
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Durante unos breves instantes permanecí erguido sobre el colchón, con el oído atento a cualquier sonido, el corazón latiendo a toda velocidad y los ojos muy abiertos. Pero en la oscuridad a mí alrededor no pude apreciar imagen alguna y el denso silencio que me envolvía, no me proporcionó pista alguna sobre lo que podía haber ocurrido. En un principio pensé que algún mueble en mi casa debía haberse caído, dado el estruendo que me había sobresaltado, por lo que encendí la luz del cuarto, me levante y busque el lugar en donde sin duda se habría producido el accidente. Tras unos minutos sin encontrar nada anormal me senté en el salón y busque en mi mente otra explicación a lo ocurrido. De repente en mi cerebro surgió un pensamiento y ese pensamiento se transformó en un temor creciente. “¡Hay alguien en el interior de mi casa!” Yo vivo solo y ante la idea de que un desconocido, un ladrón o váyase usted a saber qué individuo y con qué intenciones, pudiera encontrase escondido en algún lugar, mi corazón volvió a latir a toda velocidad. Me levanté y busqué algún objeto contundente con el que pudiera defenderme de un posible ataque. Miré a mí alrededor y observé colgada sobre la pared una katana que un buen amigo me regaló hacia tiempo. Era tan solo un arma decorativa, sin filo alguno, pero con la suficiente consistencia como para partir algunas costillas llegado el caso.
Con un par de rápidos pasos me situé a su lado, la descolgué y la esgrimí con fuerza por encima de mi cabeza. De esta forma, recorrí cada una de las habitaciones, prestando especial atención a los armarios y las cortinas. La búsqueda duró unos veinte minutos y resultó infructuosa. Convencido de que la idea de un ladrón resultaba absurda, me dejé caer en el sofá, sumamente aliviado y un tanto avergonzado. Si cualquiera me hubiese visto saltar tras las cortinas espada en mano y abrir los armarios utilizando una katana decorativa a modo de trinchete de camisas, seguramente habría llegado a la conclusión de que mi menda no andaba muy bien de la azotea. Devolví la espada a su lugar y decidí regresar a la cama, no sin antes pasar por el baño a refrescarme la cara. Entré en él, abrí el grifo y apoyé las manos sobre el lavabo. Mientras veía correr el agua hacía el agujero de la cañería sonreí por lo absurdo de la situación. Entonces fue cuando alce la vista miré el espejo y lo vi.
En un principio fue tan solo una imagen borrosa, una neblina que se superponía a mi propia imagen reflejada en el espejo. Una leve deformación de la visión, un fallo en la iluminación, un defecto del cristal, cualquier cosa pensé yo. Después la forma se expandió y fue más visible. No cabía duda, alguna mancha cuya procedencia era desconocida para mí, se estaba extendiendo por el espejo. Miré absorto hacía ese otro yo que me devolvía la mirada desde el otro lado y no pude entender que estaba ocurriendo en realidad. ¿Quizás un fallo en alguna cañería había provocado una fuga de agua que había ocasionado una mancha de humedad en la pared y esa humedad había llegado hasta el espejo? Imposible. El espejo se encontraba sobre la puerta de uno de esos armaritos que se utilizan para meter los enseres del baño. ¿Cómo iba la humedad a recorrer veinte centímetros de espacio vacío para llegar hasta el espejo? Decidí abrir la puerta del armario para comprobarlo y observé atónito cómo mis manos se negaban a soltar el borde del lavabo sobre el que me apoyaba. La fuerza había desaparecido de mis brazos y mi cuerpo se negaba a moverse. Los nervios afloraron a mi piel en forma de oleada de calor que me hizo comenzar a sudar. Comencé a maldecir en voz alta, preguntándome qué demonios estaba pasando e intenté forcejear para desprender mis manos de aquel lugar. Lo intente varios minutos, hasta que algo llamo mi atención.
Me había olvidado de la mancha en el espejo y cuando aprecié de reojo un movimiento extraño, devolví toda la atención al cristal enfrente de mí. Obviamente no estaba preparado para ver lo que mis ojos me mostraron, por lo que en mi garganta se formó un nudo. El nudo se transformó en un gemido y el gemido mutó hasta alcanzar el grado de grito. Y el grito resonó en mi mente hasta que todo fue oscuridad.
No se cuanto tiempo transcurrió ni lo que ocurrió durante el mismo. Lo único que recuerdo es que abrí los ojos y allí, en el cristal, o tras él, o sobre él, o quizás tan solo en mi mente que reflejaba lo que había surgido del otro lado, una forma levemente similar a mí, pero inhumanamente deformada, me miraba desde la oscuridad del otro lado del espejo. Los oscuros y vacíos ojos fijaban toda su atención en mi ser y la enorme cavidad que surgía donde debían estar los labios, se torcía en una deforme sonrisa irónica. La cosa que se erguía ante mí no tenía pelo, así como otros atributos en el rostro. Carecía de nariz y orejas y su cabeza se bamboleaba de un lado a otro como en una rítmica danza. Su delgado cuello contrastaba con el ancho torso del que surgía. Los hombros no mantenían uniformidad alguna y diversas hinchazones y abultamientos se podía apreciar sobre el pecho y brazos. De pronto y sin previo aviso, aquella cosa extendió sus largos y nudosos brazos y atravesando el cristal del espejo como si de una fina y leve cortina de agua se tratase, los acercó a mí. Abrió sus manos y me agarró los hombros con sus largos y huesudos dedos en forma de garras. Tras ello y en un visible esfuerzo inclinó el bamboleante cráneo hacia el espejo y lo atravesó lentamente. Conforme la cabeza de aquella monstruosidad cruzaba hasta mi lado del espejo, un nauseabundo olor procedente de la cavidad que hacía las veces de boca, se dejaba notar a mí alrededor, al tiempo que un gutural sonido surgido de aquella infame garganta me taladraba los odios. Cuando toda la cabeza y parte del pecho ya habían cruzado a este lado, la cosa me habló.
- ¡Glllhhh, no marchar, glllhhh, no ir. Tu, pequeña mosca. Tu ser mi hermanoalimento. Glllhhh, tu esperar a mí. Yo decir algo.
Después de emitir aquellos estridentes sonidos. La monstruosidad salida del espejo se inclinó más aún sobre mí y acercó su rostro hasta mi cabeza. Abrió las babeantes fauces, o lo que parecía ser la boca y literalmente engulló mi oído izquierdo. Tras ello, algo viscoso, frío y puntiagudo, se introdujo a través de él ocasionándome oleadas de intenso dolor. Mientras aquella cosa taladraba literalmente mi oído con alguna especie de lengua, aguijón u otro extraño apéndice, me hablaba de alguna forma desconocida y las palabras del ser surgían en mi mente simultáneamente a las punzadas de dolor.
- Glllhh, hermanoalimento, glllhhh, tu ahora estar conmigo siempre. Yo estar en ti, glllhhh, y tu venir conmigo después. No ahora. Después. Glllhhh, tu pequeña mosca que volar luego. Glllhhh, ahora tu dormir y ser buen hermanoalimento. Glllhhh, glllhhh, yo poner semilla en ti, glllhhh, tu dormir, semilla crecer, pequeña mosca volar, glllhhh. Luego tu ya no ser hermanoalimento, glllhhh, luego tu ser hermanoyo y buscar otro hermanoalimento, glllhhh, para más pequeñas moscas volar. Glllhhh, tu dormir, si.
Aquella horrible charla se mantuvo durante un tiempo incalculable, mientras la cosa hurgaba en mí, más profundamente cada vez. El dolor se hacía insoportable, el hedor del ser y el pánico bloquearon al fin mis sentidos y me desmayé.
Cuando abrí los ojos me encontraba tumbado en el suelo, bañado en sudor y dolorido. Mi oído izquierdo supuraba una excrecencia blanquecina maloliente y algo de sangre. Me levante temblando y mire con temor al espejo. El cristal se hallaba intacto y nada en el baño indicaba que allí hubiese ocurrido algo horrible. Salí de allí, fui a la cocina y bebí algo de agua, me limpie y huí de la casa en mitad de la noche. A la mañana siguiente no fui a trabajar. Regresé a mi hogar después de haber pasado la noche caminando y recordando las palabras que aquella maldita cosa había repetido una y mil veces. ¡Hermanoalimento! ¡Hermanoyo! Por fin había entendido el significado y por eso no he dormido en todo el fin de semana.
Intentaré buscar ayuda de alguna forma, aunque sospecho que nadie me creerá y al final no podré resistir al sueño y caeré rendido. Eso es lo que me da miedo. Lo que ocurrirá entonces. Puesto que es en ese momento cuando lo que esa monstruosidad dejo en mi interior pugnará por salir. ¡Pequeña mosca! Decía. Sospecho que una larva, una cría o lo que sea que esa cosa metió en mi cuerpo, late ahora y tan solo espera que el sueño me venza para tomar de mí lo que necesite. No comprendo muy bien cómo funciona esto, pero temo que cuando eso ocurra, mi condena sea total y me transforme, no sé cómo, en otro ser idéntico al que me atacó, ¡Esto es de locos! ¡No! Antes de eso prefiero quitarme la vida. ¡Sí, eso haré! Si el sueño me logra vencer y no consigo ayuda me cortaré las venas o me tiraré por un puente. Cualquier cosa es válida antes de verme un día hablándole a algún pobre infeliz desde el otro lado del espejo y diciéndole que es mi hermanoalimento.
…
Esta es mi historia y aunque parezca increíble, es toda cierta. No olvides querido lector o lectora, limpiar bien el espejo de tu baño, no vayas a tener una mancha a la que un día le dé por crecer.
J. G. B. Octubre, 2006
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