Al dar las doce

La aguja pequeña del viejo y gastado reloj de pared, se desplazó con un leve y tembloroso movimiento, para marcar las once y cincuenta y cinco minutos de aquella fría noche de invierno. Frente a él, en la oscuridad del salón, rota tan solo por la luz de una farola que se filtraba a través de las ramas del árbol erguido frente a las puertas del edificio, esperaba impaciente un anciano, sentando en el alto y antiguo sillón de color verde que presidía la sala común de aquella residencia de la tercera edad. Vestido con un arrugado pijama y calzando unas zapatillas de andar por casa, el nervioso hombre había conseguido abandonar su dormitorio sin ser visto por el personal del centro. Y animado por el resto de los ancianos y ancianas que compartían vida en aquel triste lugar, cruzó el oscuro pasillo aquella noche, en busca de lo que otros habían tenido la suerte de experimentar en ocasiones anteriores. Algo, que les había devuelto las ganas de vivir y de reír. Y que milagrosamente les había rejuvenecido el espíritu y curado más de un mal. Algo que según contaban, no podía ser descrito, ya que no existían palabras para expresarlo. Algo, que en ciertas noches, elegidas por un misterioso y desconocido azar, ocurría tan solo, para quién estuviese sentado frente al viejo reloj de pared del salón, al dar las doce de la noche.

El viejo hombre lanzó una mirada nerviosa a la puerta de acceso al pasillo y tras confirmar que ningún ruido procedía de aquel lugar, devolvió toda su atención al reloj. La manecilla continuaba con su lento girar, mientras en la mente del anciano surgía una cascada de imágenes y pensamientos. ¿Qué sería lo que los demás habían visto? ¿Y si no ocurría nada? ¿Por qué avanzaba tan despacio el tiempo? ¿Vendría alguien a por él? Y en ese caso ¿Quién sería? Era tal el cúmulo de emociones que algunas gotas de sudor aparecieron en su frente. De pronto y sin aviso previo, un chasquido metálico se escuchó en la habitación. El reloj acababa de dar las doce de la noche.

Una delgada y fina línea recta comenzó a relucir en la pared frente a él y poco a poco se fue ensanchando. Una suave calidez se extendió por el salón y un débil pero perceptible olor a jazmín llegó hasta él. El anciano miró hacia todos los lados, sonrió nervioso y emocionado, y se inclinó hacia delante para observar con mayor claridad.

La luminosa línea se fue expandiendo hasta alcanzar el tamaño de una puerta, y después perdió su intensidad. Cuando desapareció, en su lugar tan solo quedaba un umbral. Al otro lado una inmensa luna de verano, arrojaba su mágica luz sobre una ladera de la que surgía un plateado puente de piedra, que a su vez saltaba sobre un rió de aguas cristalinas. Más allá un imponente bosque mecía sus ramas al son de una ligera brisa.

El hombre miró ensimismado y la luna se reflejó en sus pupilas, observó el rió y tuvo sed de su refrescante agua, miró al bosque y quiso pasear en su interior. De repente el anciano fue consciente de la presencia de algo al borde del umbral. Un ser o criatura, que se asomaba y lo miraba desde el otro lado. De pequeña estatura, largo y aterciopelado cabello y profundos ojos azules. El extraño ser tendió su mano y lo llamó por su nombre sin mover los labios. El viejo hombre se puso en pie. Dio un primer paso y tras él, un segundo. Después se detuvo, giró la vista en dirección al oscuro y frío salón que formaba parte del triste mundo en el que vivía y tras ello, devolvió la mirada hacia el hueco de la pared. Alzó la vista hasta la inmensa luna que coronaba aquel mundo de fantasía y con una profunda sonrisa en los labios cruzó al otro lado.

J. G. B. - Septiembre, 2007

1 comentarios:

Anónimo 8 de abril de 2008 a las 22:47  

Es una mezcla entre buscar el mundo que sueñas y dejarte llevar por la muerte, luego de una vida vivida, con sus dulces y amargos, pero vivida. Excelente.

Saludos desde este lado de la targeta de red.


¿Qué decir de mi? Aprendiz de todo y maestro de poco. Aquí os dejo una pequeña muestra de lo que soy. Leves retazos de lo que me llena y lo que me inspira. Lo demas, aquello que es obvio, lo descarto por no ser de especial interes, ni para mi, ni para los que por aquí se dejan caer.

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