Rosas de Jericó

La lluvia cae en este frío y gris atardecer. La lluvia moja mi piel y mis ropas, y en un último instante, limpia parte del barro que cubre mis manos. La lluvia se derrama lentamente sobre la tierra. Como si un ángel resignado, llorase con lágrimas conocidas por un dolor antiguo. La lluvia también me oculta, me esconde, me aísla y guarda en secreto la angustia que embarga mi alma. Esta lluvia que hoy ha venido como agua que ha de lavar los pecados que fueron y los que están por llegar.

La lluvia sigue cayendo a mí alrededor. Y en el jardín donde ahora me hallo, las verdes hojas de las plantas, se extienden elevándose hacia el cielo como en una plegaria. El jardín donde me he estado afanando la última hora y que tan gratos recuerdos me trae. Aquí, en este lado de la cerca donde florecen las rosas de Jericó, que con tanto amor mi madre cultivaba.

Recuerdo cómo lloré el día en que los bellos y coloridos pétalos de la flor, se volvieron mustios y murieron. “No te preocupes mi niña”, me consoló mi madre con dulzura, “un día las veras florecer de nuevo. Esta es la flor de la resurrección y llegado el momento, la vida volverá a ellas bajo la lluvia”. Hoy, las rosas de Jericó vuelven a abrirse para mí. Sé, que de algún modo, éste es un signo premonitorio que anticipa lo que está por llegar. Pero todavía es pronto para sonreír. Aún no.

Sigo aquí afuera, bajo la lluvia. Erguida e inmóvil, con los brazos caídos, victima del hastío de una vida que no me fue dada elegir. De una vida impuesta a modo de castigo y que como burlesca mofa del destino, hube de habitar y vestir. Como el nicho que se ocupa y que es la más odiada posesión del cadáver que en él descansa.

Miro desde lejos y puedo ver la luz de la cocina a través de la ventana. Veo la cortinilla de tela recia, girar y golpear a capricho del viento contra el marco de madera. Miro y sé que él me está mirando. Con esa mirada ciega y vacía que nace del odio y la maldad. Me mira sin verme, sin abrir siquiera los ojos, pues es su alma oscura y desnuda la que me observa. Como siempre lo ha hecho. Con avaricia y ansia.


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La puerta del porche golpea de cuando en cuando, empujada por el húmedo viento. Y los oxidados goznes chirrían con cada movimiento. El pasillo al que conduce está en penumbra, pero a través de él puedo escuchar los intermitentes sonidos de una radio mal sintonizada. Eso, y los murmullos inconexos de una garganta que no descansa, que no cede en la crítica y el insulto. Oigo las voces cuando el murmullo se eleva por encima del viento y oigo los golpes en la mesa, sabedora que su intensidad determina el grado de su furia.

Miro hacia el cercado de madera y observo que nada se mueve en las proximidades. No he de temer que sus ofensas puedan provocar un escándalo ante los vecinos. Pues sin duda alguna, éstos no vendrán aunque les implorase auxilio. Lo sé demasiado bien. Lo he visto y lo he leído en sus caras, cuando tras una noche en vela, asustada y recluida en un rincón, he pisado la calle y me he tropezado con ellos. ¡Dignos y decentes vecinos, que no te ofrecen ni tan siquiera una palabra amable, y que tan solo te dejan ver de ellos la mueca distante de un olvido condescendiente! “Es tu problema” parecen decir. “Estás sucia y manchada” me escupen a la cara, parapetados tras una sonrisa ensayada. Pero sus miradas lo dicen todo. Te escuecen en la piel y te desgarran el alma. Y cuando vencida, agachas la mirada, ni siquiera te conceden el derecho a una retirada compasiva.

Sí, nadie va a venir y eso es mejor. La lluvia no cesa y mis ropas están ya completamente mojadas. A pesar del viento y de la humedad no siento frío en mi piel. Adelanto un pie y luego otro y me dirijo lentamente hacia la puerta. Despacio, sin prisa, con una emoción creciente que hace temblar a mis manos y me ahoga la garganta. Con esa sensación dolorosa en el estomago, que te arrebata los sentidos y que hace palpitar el corazón. Con miedo, con mucho miedo. Miro hacía atrás y veo el oscuro horizonte más allá y me pregunto si quizás no existirá un lugar allí, donde poder descansar. Regreso la mirada a la puerta del porche y entro en la casa.

La lluvia queda fuera. Dentro solo está el dolor.

Un pasillo se adentra en el interior, una escalera sube hasta el primer piso y otro pequeño acceso conduce a la cocina. Tanto el pasillo como la escalera están a oscuras. La única luz en la casa procede del otro cuarto. Me acerco hasta la puerta y puedo escuchar con más claridad el sonido de la radio. Parece música, aunque es difícil distinguirla de cualquier otro ruido. El olor a tabaco se extiende y algunas volutas de humo flotan en el aire. Acerco mi mano a la puerta y empujo despacio la hoja de madera. Tras ella y sentado a una mesa en el centro de la cocina, está él.

Al notar mi presencia, levanta los ojos y me mira. Con furia y rabia. En silencio pero insultante. Sobre la mesa, un plato de comida fría y un cenicero. A su lado una botella de vino barato y un vaso medio lleno.

Me adentro en la habitación y me acerco junto a la ventana. Él me sigue con la mirada, recorriendo todo mi cuerpo de arriba abajo. Después sonríe maliciosamente y da un largo trago al vaso de vino. Miro por la ventana y veo como la lluvia cae generosa sobre la tierra. Afuera, la oscuridad y el vaho que impregna el cristal, impiden ver con claridad cualquier movimiento del exterior. Eso está bien.

Me vuelvo y lo miro. Veo cómo me observa, cómo concentra su atención en mis caderas y pechos. Veo sus ojos vidriosos y me imagino lo que piensa. Ahora su mirada asciende y tropieza con la mía. Le sostengo un pulso momentáneo y cuando compruebo que la agresividad aparece en sus pupilas, desvío la vista y miro el suelo.

La furia ha salido al exterior. No debía haberle provocado visualmente. Ahora golpea con fuerza en la mesa. El vaso se ha volcado derramando el vino y la botella tiembla, sostenida en un precario equilibrio. Me insulta. Me llama cosas terribles. Su voz se eleva y mientras, sus miradas me atraviesan de lado a lado. Hilillos de baba escapan de su boca con cada grito, con cada injuria. Otra vez golpea la mesa. ¿Cuántas veces lo habrá hecho en todos estos años? Mi memoria va unida a ese sonido. Golpes sobre la mesa e insultos. Quejas y ofensas. Aún recuerdo como si fuese ayer, como si fuese hoy; las veces que mientras él la ofendía de una y mil formas posibles, mi madre, en silencio y con los ojos resecos de tanto llorar, ponía la mesa para la cena y recogía del suelo, los restos de comida que durante la discusión, él había tirado. Aún lo recuerdo y me asalta a la retina; las veces que en mi presencia, él la golpeó, la humilló y la hundió en un pozo del que no pudo salir. Hasta que un día, en el que también llovía, me cogió de la mano y me llevó al jardín. Allí me habló de sus rosas, de lo orgullosa que estaba de ellas y de cuánto las iba a echar de menos. Me dijo que me quería y después se fue.

La encontraron al atardecer, junto al río, sin vida.

Desde entonces estoy sola. Sola con él. Y desde entonces conozco el rostro del miedo y el dolor.

Ha dejado de golpear la mesa y ahora se queja de mí. Se lamenta de lo injusta que la vida ha sido con él. De que el destino le arrebató a su amada esposa y la injusticia se cebó con él. ¡Hipócrita! ¡El verdugo lamenta la perdida de su prisionero! ¡El cazador llora la muerte de la presa a la que a dentelladas a arrebatado la vida! ¡Maldito sea él y maldita sea yo, que no salté a su garganta y ahogué su furia con mis propias manos! ¡Maldita, por no haber clavado mil puñales en su negra alma y no haber arrancado su retorcido corazón!

Ya no grita. Tan solo bebe. Lo miro en silencio, apoyando las manos en la pared tras mi espalda. Él me vuelve a observar. Pasea su mirada por mi húmeda piel. Recorre cada milímetro de mi cuerpo con sus ojos. Baja por mi cuello hasta el nacimiento de mis senos. Se detiene, se recrea en la visión. Saborea mentalmente lo que ya conoce bien. Continúa después hacia mi cintura, adivinando la turgencia de mis pechos, la calidez de mi tacto. Alcanza mis caderas y sonríe lujurioso sin apartar sus ávidos ojos del triangulo de mi entrepierna. Lo veo respirar, jadear en silencio, mientras el sudor aparece sobre su frente y sus manos. Un sudor frío y pegajoso. Cuántas veces lo habré sentido sobre mi propia piel, cuántas otras, el avinagrado aliento de borracho que escapa de su boca, habrá inundado mi rostro. Demasiadas.

Interrumpo su insano placer con un comentario brusco y simple. Eleva su mirada hasta mi cara y pregunta qué he dicho. Espero unos instantes antes de repetir la frase. Después le repito que he encontrado algo. Molesto por la interrupción, me pregunta por ello. Le respondo que en el jardín, junto a las flores de mamá, he hallado algo extraño. Una especie de cofre pequeño de madera, muy parecido al que mamá utilizaba como joyero. Sus pupilas se dilatan ante la posibilidad de que exista algo de valor a su alcance. ¡Maldito! Ni siquiera recuerda, que a mi madre la enterramos con su caja de música favorita. Aquella que utilizaba para guardar sus escasas joyas. ¡Cómo iba a recordarlo, si estaba borracho! Dejo que crea que la caja es la misma e incluso afirmo que pesa bastante. Ahora su atención es mayor. Apaga el cigarro y apura de un trago el vino que queda en el vaso. Se levanta y camina con torpeza hacia mí. Está borracho. Mejor así.

Me separo unos metros de él, anticipándome a salir de la cocina. Lo espero en el pasillo y cuando oigo sus pasos, salgo al jardín. Él me sigue detrás. La lluvia sigue cayendo con fuerza.

Camino despacio hasta el cercado de madera, donde mamá cuidaba sus flores y donde la vi por última vez. La noche es cerrada y apenas si puede distinguirse alguna silueta en la oscuridad. De esta forma llega hasta mí, maldiciendo a la lluvia y maldiciendo el nombre de mi madre. Se queda parado ante la cerca sin saber donde mirar. Le indico las flores frente a mí y sin pronunciar una sola palabra le señalo una profunda fosa cavada recientemente. Se acerca al borde de la misma sin percatarse de nada. Mientras, junto a mí y clavada en el suelo, está la pala con la que hace un rato extraje la mojada tierra del jardín y preparé el agujero.

Él sigue mirando sin entender nada. Buscando ansioso su valiosa caja en la oscuridad. Ahora tomo entre las manos el mango de la pala y me acerco despacio. Estoy detrás de él. Veo su figura achaparrada y cruel. Veo su cabeza e imagino cómo debe ser una vida en libertad, sin dolor ni angustia, sin temor a que la puerta de mi habitación se abra durante la noche.

El sonido metálico de la pala al golpear en su cráneo es acompañado por la amorfa caída de su cuerpo en el interior del agujero. Me acerco al borde y lo miro. Tosca y lentamente, con debilidad y algún que otro espasmo, su cuerpo aún se mueve, tiembla y araña la tierra bajo él. Con suma tranquilidad me acerco hasta la otra orilla y empuño de nuevo la pala. Me detengo un instante y observo a mí alrededor. Nadie ha oído nada. La lluvia y la oscuridad son mi manto y mi disfraz. Regreso la vista hasta su cabeza y golpeo varias veces con el filo de la pala hasta que deja de moverse. Después simplemente alzo la mirada y respiro profundamente. Nunca más, me digo a mi misma, nunca más. Después permanezco bajo la lluvia, lavando mi alma.

...

He terminado de rellenar la fosa con la húmeda tierra del jardín. Cuando amanezca y gracias al agua caída, no se apreciará nada extraño. Mañana, las rosas de Jericó habrán florecido de nuevo. A mi madre le gustaría verlas. Es una pena que tenga que llegar el día en que estas flores tengan que volver a morir, pero ahora sé que tan solo es momentáneo, y que volverán a resucitar cuando regrese la lluvia. Para entonces ya no estaré aquí.

Ha dejado de llover y está amaneciendo.

J. G. B. - Marzo, 2006


¿Qué decir de mi? Aprendiz de todo y maestro de poco. Aquí os dejo una pequeña muestra de lo que soy. Leves retazos de lo que me llena y lo que me inspira. Lo demas, aquello que es obvio, lo descarto por no ser de especial interes, ni para mi, ni para los que por aquí se dejan caer.

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