El hombre, el mejor amigo del perro

Los cuartos traseros del pit bull se agarraron con fuerza sobre el arenoso camino de tierra. Las piedras sueltas no presentaron ningún problema para el animal, que las esquivó con facilidad. El perro dio un fuerte tirón y la correa se tensó aún más. El hombre que la sostenía, regordete, de pelo canoso y entrado en años, aceleró el paso para intentar mantener el veloz ritmo, corriendo tras él, sudoroso y cansado.

El sendero ascendía por una empinada cuesta y volvía a descender tras un recodo. El perro tironeó con fuerza, deseoso de llegar a algún sitio en particular. El hombre, sujetaba la correa mientras hablaba al animal, intentando calmar su creciente excitación y con la intención de que éste redujera su velocidad. El chándal azul con rayas amarillas se pegaba a su cuerpo en algunos sitios, y el sudor era visible en las axilas, pecho y espalda. El perro dio otro fuerte tirón y el cansado deportista soltó la correa, sin fuerzas para correr tras él. Cuando el pit bull se vio libre, ascendió a toda velocidad por la cuesta. Llegó hasta arriba y miró hacia atrás, al tiempo que movía la cola, nervioso.

El hombre subió por el sendero despacio, respirando con dificultad. Se detuvo en un par de ocasiones para coger aire y en cada una de ellas, el perro ladró ansioso. Cuando tras varios minutos de descanso alcanzó la cima, pudo ver al otro lado un profundo barranco por cuyo borde transcurría el sendero. Miró al perro y se preguntó cuál sería la causa de que el animal hubiese elegido ese camino tan apartado de la ciudad. Se agachó a recoger la correa y el pit bull se separó unos metros de él. El hombre llamó al perro y caminó acercándose. El perro recorrió otro par de metros y se detuvo observando al confundido hombre. Éste, frunció el ceño y llamó al animal. Su llamada no obtuvo resultado alguno, por lo que el hombre volvió a acercarse hasta el obstinado perro.

Siguieron de esta forma hasta hallarse junto al borde del barranco. Como en una especie de juego extraño y rocambolesco, en donde uno hacía las veces de perseguidor y el otro, de perseguido. El animal mantuvo al hombre ocupado de esta forma durante unos minutos más, y sin previo aviso, se lanzó a la carrera barranco abajo. Alcanzó el fondo unos segundos después, tras haber descendido por una inclinada cuesta, repleta de zarzas, matojos y peñas. Se movió presuroso entre las matas y comenzó a ladrar con fuertes y desaforados ladridos.

El hombre, que había visto descender al animal a toda velocidad, lo llamó por su nombre a gritos, le silbó, hizo aspavientos con los brazos y tan solo después de comprobar que el perro no le prestaba atención, supuso que entre los matorrales debía hallarse algo. Imaginando que quizás alguien pudiera encontrase herido en el fondo del barranco, decidió bajar hasta donde se hallaba el pit bull, para comprobarlo. Se acercó al borde y comenzó a descender despacio, con suma lentitud, con mucho cuidado para no tropezar y caer.

El perro miró al hombre y vio que éste descendía lentamente por la inclinada ladera, por lo que lanzando furiosos ladridos, comenzó a escarbar en el suelo al pié de un espeso matorral. El hombre, impresionado por la furia descontrolada del animal, aceleró el paso, creyendo que allí abajo debía hallarse un herido y tuvo la mala fortuna de resbalar con una piedra suelta, cayendo por la empinada pared del barranco. Rodó varios metros, se golpeó con ramas, ortigas y piedras y cuando alcanzó el fondo del barranco, quedó tendido boca abajo. El perro detuvo su furiosa actividad y quedó estático, observando el cuerpo del hombre. Segundo más tarde, cuando el herido comenzó a moverse, el animal alzó la mirada hacia el borde del barranco y ascendió ligero hasta el sendero.

El maltrecho hombre, se apoyó sobre un costado y emitió un sonoro quejido. Miró a su alrededor y tan solo pudo ver piedras y matojos. Intentó levantarse y un dolor lacerante recorrió su pierna derecha. Ésta se había roto por varios sitios. Intentó ascender la inclinada ladera a rastras, pero le fue imposible. Llamó al perro por su nombre sin obtener respuesta y por último lloró desconsoladamente, entre terribles accesos de dolor.

El perro lo observó desde el borde del barranco y durante unos momentos a sus ojos asomó un atisbo de tristeza. Después, giró sobre sus patas y retomó el camino hasta la ciudad. A cada paso que daba, se decía a sí mismo que lo que acababa de hacer era necesario. Al fin y al cabo, su dueño había alcanzado una edad que no le permitía jugar como al principio y ya no le divertía como antaño. Ya tan sólo era una carga a la que dar compañía y que de cuando en cuando enfermaba. Por lo que sintiéndolo mucho, tan solo le quedaba la opción de abandonarlo y buscarse otro. Por otro lado, era algo habitual y ningún perro lo miraría con extrañeza o rechazo. Alzó las orejas, sonrió y aceleró el paso borrando de su memoria para siempre, el nombre y la cara de su anterior dueño.


J. G. B. - Junio, 2007


¿Qué decir de mi? Aprendiz de todo y maestro de poco. Aquí os dejo una pequeña muestra de lo que soy. Leves retazos de lo que me llena y lo que me inspira. Lo demas, aquello que es obvio, lo descarto por no ser de especial interes, ni para mi, ni para los que por aquí se dejan caer.

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