Hoy he vuelto a sentarme a la puerta del bar. He puesto cara de ojos tristes y hasta he sollozado un poco. He lanzado miradas esperanzadas a los viandantes y he sonreído ante cualquier gesto amable. Y todo con el único objeto de mendigar un pedazo de pan que llevarme a la boca.
De esta forma camino de barrio en barrio y de ciudad en ciudad. Desde hace tantos años, que ya ni recuerdo cuándo comenzó mi lento deambular por el mundo. Pasando hambre y frío. Aguantando vejaciones y agresiones. Bajo la lluvia o asfixiado de calor. Esa es mi vida. Una vida aciaga, sin sueños por cumplir y sin esperanza alguna. Como cualquiera diría, una vida de perros.
Para muchos de los que me ven, tan solo soy otro hijo de perra más, que vive del cuento. Sin oficio ni beneficio alguno. Sin obligaciones y sin contribuir al bienestar común. Si no trabajo, no como. Esa es su máxima.
Qué dirían, si supieran que en mi juventud me esforcé como pocos. Que puse todos mis sentidos en cada uno de los empleos que tuve. Que hice de todo. Desde cuidar ovejas hasta emplearme como vigilante nocturno en lujosas mansiones. Seguramente no lo creerían. Basta con echar un vistazo a mi figura para negarlo.
Ese es el sino de mi vida y así he de aceptarlo. En algunas ocasiones tropiezo con gente amable que no duda en facilitarme un plato de comida caliente. Otras, sencillamente me ignoran por completo. Hoy por suerte he dado con una de las primeras. Ahí llega con algo para llenar la panza. Menearé la cola y ladraré para dar las gracias.
Otro mendigo más
Publicado por
Igner Eldar
viernes, 8 de febrero de 2008
J. G. B. - Junio, 2007
Etiquetas: hiperbreves
2 comentarios:
Delicioso retrato de un perro reflexivo. Saludos cordiales.
Me alegro de que te haya gustado Isabel.
Si los perros pudiesen hablar, quizás ésta sería la reflexión de más de uno de ellos.
Un saludo y gracias por leerme.
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