Lo encontré una tarde junto a la puerta de una cafetería y lo observé desde lejos mientras me acercaba. Vestía una sucia camisa a rayas, remangada por encima de los codos. La barba, canosa y enmarañada, le cubría parte de las arrugas del rostro. Y el cabello, largo y grasiento, caía sobre su frente. Las manos, delgadas y arrugadas, se movían a cada instante, apartando aquellos mechones de pelo que se adherían a su cara debido al calor. Sus piernas terminaban demasiado pronto a la altura de las rodillas, en la forma de dos muñones.
Él a su vez me vio a mí, y giró la vieja silla de ruedas que a modo de montura ocupaba, para darme la cara. Era una antigua silla de madera, con las ruedas gastadas y los muelles oxidados, que estaba cubierta de mugre, al igual que él.
Su espalda se encorvaba ligeramente hacia adelante, mientras apoyaba los codos sobre los brazos de la silla y lanzaba escuetas miradas a su alrededor de cuando en cuando. Miradas rápidas y repetidas. Temerosas de cruzarse con alguien y que el mundo conociera su desdicha. Y esperanzadas en que ese mismo mundo no terminará por repudiarlo definitivamente. Pero por encima de todo, miradas cansadas. Cansadas de esperar quizás lo que en el fondo sabía que nunca iba a llegar.
Acerqué mi mano al bolsillo, con la seguridad de que una vez alcanzada su posición, el desconocido de la silla de ruedas habría de pedirme dinero. Y dada su situación y la imagen que me ofrecía, no dude un momento en que así iba a ocurrir. Llegué a su altura y ralenticé el paso mientras el viejo hombre alzaba los ojos hasta mí.
—Joven, por un casual, ¿No tendrás un cigarro? —dijo con voz tranquila.
—Lo siento, pero no fumo. —respondí yo, atolondradamente.
En ese momento, un camarero salió del interior de la cafetería y entregó una taza de café al hombre. El desconocido de la silla, le entregó un euro y le dio las gracias. Yo continué mi camino sintiéndome un tanto estúpido.
Pasé el resto de la tarde acordándome del hombre en la silla de ruedas. Preguntándome si había actuado correctamente, o si por el contrario debería haber hecho algo más. Después como casi siempre suele suceder, terminé por olvidar la cuestión y me concentré en mis asuntos. Pero esa misma noche volví a verlo.
No me apetecía cocinar, por lo que había decidido comprar comida para llevar y opté por un restaurante turco, abierto recientemente. Esperaba tranquilamente a que el chico del mostrador terminase de envolver el sabroso durum de ternera y el lamacum de pollo que había pedido, cuando me percaté de su presencia. En la semipenumbra de la noche, levemente iluminado por las luces de las farolas, tras los cristales de la fachada, con la mirada perdida en el interior del restaurante y observando a la gente en las mesas. Permaneció varios minutos viendo como charlaban, comían y reían, y después se marchó. Lo vi agachar tristemente la mirada y empujar las ruedas de su silla. Lo vi alejarse de allí, despacio. Vi a la gente pasar a su alrededor e ignorarlo. Como si cruzasen al lado de un trasto inútil o un mueble tirado porque ya no sirve. Se perdió en la oscuridad de la noche y ya no volví a verlo más.
—Ocho con cincuenta. —dijo el chaval del mostrador, mientras me ofrecía la bolsa con mi cena.
Pagué y salí de allí. El hambre me había abandonado, al igual que mi dignidad. Caminé hacia casa sabiendo que de los dos, el único remedo de ser humano, era yo.
El hombre en la silla de ruedas
Publicado por
Igner Eldar
viernes, 8 de febrero de 2008
J. G. B. - Marzo, 2007
Etiquetas: hiperbreves
0 comentarios:
Publicar un comentario