La noche de la aceituna

Aquella noche se televisaba el España-Suecia y como en cada ocasión que jugaba la selección, el espabilado de mi padre había decidido que la familia al completo nos íbamos a tomar unas cañitas en la “taberna del rana“. Aunque a decir verdad, las cañitas se las iban a tomar mi madre y mi señor padre, puesto que a una que es muy joven según ellos, a parte de un mosto y algún que otro refresco, de alcohol “na de na”.

“Unah cañitah pa selebrá er triunfo de la selesión” solía decir Paco “el rana” mientras servía cervezas a diestro y siniestro. Y más de una vez, las cañas se terminaban tomando para olvidar algún que otro desastre de “la roja”.

Lo de que la familia al completo se acomodara en la mesa del fondo de la taberna del “rana”, en tan deportivas ocasiones, era una especie de confabulación de mi padre contra la mala suerte y los desmanes arbitrales. Una forma muy patriótica de hacer piña familiar a favor de la selección.

Hay que decir que mi padre es del Madrid y Rauliano por excelencia, por lo que el invento del seleccionador de no haber convocado al jugador del Madrid, provocó las más airadas críticas por su parte.

-A ver a quién se le ocurre no convocar a Raúl para un partido como éste. ¡Que nos jugamos estar en el europeo! Al Aragonés éste ya se le nota la edad. ¡Que dimita ya! Y con él que se vaya también Villar, que vaya favor le están haciendo al país entre los dos. – Repetía a cada momento.

Algunos de los lugareños asentían cuando mi padre lanzaba improperios contra la decisión del seleccionador. Y más de uno afirmaba que por tamaño error, la selección debía perder. Como si aquello pudiera servir de bálsamo para alguien. Pero ya se sabe, de un país que vive de refranes, a mal de muchos, consuelo de tontos.

El caso es que allí estaba yo, a mis escasos diecisiete años, sentada aburrida en una mesa de taberna, con los padres y el hermano pequeño, en lugar de descoyuntar el esqueleto en alguna pista de baile, luciendo tipo y modelito. Pero en fin, es que la vida es injusta y cuando juega “la roja”, más.

Sentados junto a mi “family fever” estaban los Alcántara. Vecinos y compañero de trabajo de mi padre, él. Ella, amiga de mi madre y tan entusiasta o más, en el indómito arte del “cotilleo”. Baste decir que nada más sentarse a la mesa, mi señora madre y la fémina de los Alcántara, se enzarzaron en una infinita e inagotable charla de temas sociales dignos de “el tomate”.

Nada más empezar el partido, la suma generalizada de los “machos” del lugar”, concentraron en la pantalla del televisor, la única neurona libre que les quedaba. La otra estaba ocupada mirándole el escote a la vecina de al lado. De cuando en cuando “reseteaban” durante un instante el cerebelo, el tiempo suficiente para pedir una cerveza. Al tiempo que tras la barra se oía un “Oido cosina. ¡Marchaaaando una de calamareh! ¡Joputa l’arbitro!”.

Y allí seguía yo, sin más oficio ni beneficio, que el de mirar a mi alrededor y preguntarme por qué es la nuestra, la especie a la que llaman Homo Sappiens.

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Mi hermano pequeño, “Quique” aunque a mi me gusta llamarlo “el peque”, suele disfrutar más que nadie de estas reuniones futboleras. Ya que durante el transcurso del partido, no está vigilado como de costumbre y puede hacer de las suyas. Esa noche, no iba a ser menos, y aunque era mi persona la encargada de controlarlo, teníamos un pacto entre ambos. Él era el que hacía las trastadas y yo la que me reía.

Desde que habíamos llegado a la taberna, “el peque” no había quitado ojo al perro de Don Francisco el del estanco. Un chihuahua enano, cascarrabias y malhumorado, que se sentaba bajo la silla de su dueño y miraba a su alrededor con aire distraído. Mi hermano tiene una especial predilección por los animales y sobre todo por los que pueden ser estrujados y manoseados a gusto. Debe ser algún gen primitivo que todavía se halla incrustado en nuestro mapa genético, puesto a que una servidora le encantaría hacer lo mismo con ciertos ejemplares masculinos de mi colegio.

En el mismo instante en que “el peque” y el chihuahua fueron conscientes de la presencia uno del otro, se vigilaron con atención. Su actitud lo decía todo. Desde ese momento se consideraban rivales en mitad de la manada. Y mientras los adultos actuaban como borregos, cortados todos ellos por el mismo perfil, los dos contrincantes debían luchar por la supremacía en el grupo.

El perro emitió un escueto “Guarfffhhh” a lo que mi hermano respondió con una sonrisa retadora. Las dos orejas del chucho se levantaron puntiagudas y los dos ojazos azules del “peque” se abrieron desmesuradamente. La batalla estaba servida.

Mientras tanto, el encuentro transcurría sin pena ni gloria. Los nuestros no alcanzaban la portería contraría casi nunca y cuando lo hacían, era para mandar el balón a la grada. Los machos ibéricos allí reunidos, meneaban la cabeza con frustración y mitigaban los nervios con largos tragos de cerveza, mientras se quejaban de tal falta o de aquel otro pase, entre mordiscos a las croquetas de pescado y el pollo empanado.

De esta forma llegó el minuto nueve del primer tiempo y en un pase tras una jugada del equipo contrario, llegó el primer gol sueco.

- ¡Noooo! ¡Joder si ya lo decía yo! ¡Ahí la llevas Aragonés! ¡Eso por chulo y no llevarte a Raúl! - Gritaba mi padre haciendo grandes aspavientos con los brazos, a la par que todos los individuos allí reunidos se lamentaban y ponían el grito en el cielo.

El griterío y las voces aumentaron considerablemente y el resto de gente que no estaba pendiente del partido, generalmente féminas como mi madre y la de los Alcántara, sencillamente aumentaron de forma instintiva el volumen de su conversación para al menos poder oírse pensar. Eso es algo que resulta muy común en este país, la forma de relación social entre los españoles pasa invariablemente por gritar más que el de al lado. No solo no está mal visto que el vecino de la mesa de al lado, se dirija a grito limpio al amigote de la esquina del fondo de la barra, a cinco metros de distancia y con una columna en medio donde una pareja (inconscientes por colocarse ahí), es bombardeada por una cacofonía de sonidos. Sino que además se entiende que si una no es así, es irremediablemente una antisocial. Y luego dicen los adultos que en los pub’s la música está muy alta. Prueben a ver una España-Suecia perdiendo la selección en el minuto nueve y verán.

El caso, es que en mitad de todo el ajetreo y como respuesta a uno de los aspavientos de mi señor padre, una aceituna de esas que se suelen poner en los bares como tapa, sin hueso y rellena de anchoa, se salió del plato y terminó rodando por la mesa. Mi hermano pequeño, que hasta ese momento había mantenido un tira y afloja visual con el perro de Don Francisco, se olvidó del chucho para concentrar toda su atención en el extraño objeto que rodaba por la mesa. Lo miró durante varios segundos y decidió que si no se movía debía resultar inofensivo, por lo que alargó su brazo derecho e intentó cogerlo. Mi madre, que debe tener desarrolladas facultades adicionales, le agarró la mano “al peque” y envolvió la aceituna en una servilleta, sin despegar la mirada de su interlocutora y sin dejar de sorprenderse por lo que aquella le contaba.

Mi hermano, quedó durante unos instantes pensativo, mirando boquiabierto a mi señora madre y tras unos segundos devolvió su atención al pequeño chihuahua, a la par que lo señalaba con el dedo y emitía un imperativo “¡Uhggg!”. Como queriendo decir, “¡Tú tienes la culpa!”.

El partido transcurrió por los mismos derroteros (es decir, perdiendo), hasta que llegó el descanso. Ese es el momento en el que los machos de la manada reajustan la orientación de la neurona que tenían ocupada con el partido y van a mear. La otra neurona es automáticamente reprogramada mientras caminan y señala indefectiblemente, unas veces a aquel culo y otras a aquella pechuga.

Paco “el rana” aprovechó el momento para servirse una refrescante cerveza de barril que despacho de un trago y levantando la vacía copa en alto exclamó:

- ¡Amoh por elloh! ¡Que son pocoh y cobardeh! ¡A la vuerta se van’enterar! ¡Treh a uno con golaso der Torreh!

El comienzo de la segunda parte reunió de nuevo a todos los individuos delante de la pantalla. Aunque más de uno hubo de llegar a la carrera, abrochándose la bragueta del pantalón y con algunas misteriosas gotitas sobre la pernera. España atacaba con más orden y durante los primeros minutos parecía que “la roja” iba a comerse al equipo sueco en unos instantes. Al ver la nueva disposición de la selección, los allí reunidos comenzaran a ver el encuentro con otros ojos, Y ya más de uno aseguraba el triunfo de España por goleada.

Los nuestros llegaban a la portería contraria con asiduidad y acribillaban al portero sueco una y otra vez. Los minutos pasaban, el gol podía llegar en cualquier instante y la tensión se masticaba en la taberna. En varias ocasiones el niño Torres había estado a punto de marcar y los “¡Huuuyyyyy”, “¡Me cagooo’n la putaaa!”, “¡Ostiaaaaa, por los pelos!” se sucedían a cada momento. Con tanto alboroto, la última de las aceitunas del plato había terminado rodando por la mesa y “el peque” que tenía un ojo en el chucho y otro en el plato, salto al quite volcando varias copas de cerveza. Parte de la misma cayó sobre la falda de mi madre que gritó “¡Niiiñoooo! Estate quieto”.

Con el lío de copas, la aceituna cayó al suelo y mi hermano miró a su alrededor. Mi padre seguía absorto en el partido y mi madre había ido al baño a limpiarse. El “peque” decidió que ese era su momento y se metió bajo la mesa en su búsqueda. Bajo la misma y en el suelo, varias servilletas arrugadas, cabezas de gamba, así como distintas colillas mal apagadas, rodeaban a su tesoro y cuando ya nada podía impedirle alcanzar su objetivo, apareció el chucho del Don Francisco. El perro, que lo había estado observando todo desde su sitio, parecía haber decidido que él tenía algo que decir en todo aquello y se puso a olisquear la aceituna dándole algún que otro lametón. El “peque” miró cabreado al chihuahua y emitiendo un furibundo “¡Grrrhhhh!”, se lanzó sobre el perro agarrándolo por las orejas y el rabo. La lucha duró unos instantes, puesto que tras varios estrujamientos de orejas y un intento de estiramiento de rabo, el chihuahua decidió que la aceituna no valía lo suficiente como para enfrentarse a un energúmeno de año y medio, y regreso a la carrera junto a su amo lanzado un lastimoso “¡Aaaiiiiiinggg!” por el camino. Mi hermano sonrió victorioso y sosteniendo entre los dedos la pringosa aceituna se la acercó a la cara para verla mejor.

En ese momento, un par de manos adultas (las de mi madre) agarraron al “peque” y lo sacaron de debajo de la mesa. Después le quitaron la aceituna, la depositaron de nuevo en el plato, y le limpiaron las manos con una servilleta. Mi señora madre había regresado del baño con no muy buen humor y para variar, se resarcía descargando su furia contra una servidora.

- ¡Niña! ¿Es qué no has visto a tu hermano debajo de la mesa? ¿Para que te dejo yo al cuidado del niño? ¿Cuántas veces te tengo que decir que no le quites ojo? Con esa cabeza atolondrada que tienes, un día se va a tomar cualquier cosa y no te vas a dar cuenta. ¡Vamos! Que si se bebiera una botella de veneno no te ibas a enterar. Siempre pensando en las Batuecas.

Y así continuó durante varios minutos más, increpándome y dejándome en ridículo delante de su amiga, mientras que mi padre que no se había enterado de nada, volvía a poner el grito en el cielo, puesto que en un contraataque los suecos nos habían metido el segundo gol.

La escena era digna de una foto, o mejor aún, de un video. Mi madre cabreada sosteniendo entre sus brazos al “peque”, quejándose de mi falta de atención. El “peque” llorando porque le habían arrebatado su aceituna. Mi padre enrabietado, dando gritos contra el seleccionador porque España iba perdiendo contra Suecia. El perro de Don Francisco lamiéndose el rabo y lanzando furiosas miradas asesinas a mi hermano. Paco “el rana” gritando que toda la culpa la tenía “L’ijoputa l’arbitro”. Y en general todo el mundo quejándose de algo.

Al final del partido y como era previsible, España perdió dos a cero. La gente se fue marchando de la taberna y cuando mi acalorado padre lo vio conveniente, nos fuimos nosotros también. Pero antes de dejar la mesa, miró al plato y comentando “la de la vergüenza pa mí”, engulló de un golpe la única aceituna que quedaba.

Aquello fue lo más gracioso que me pasó en toda la noche y sirvió para recordar el partido del España-Suecia como la noche de la aceituna.


Nos marchamos después de despedirnos del “rana”, hasta la próxima vez que juegue la selección y a mi padre le de por montar otra noche futbolera.

J. G. B. Octubre, 2006


¿Qué decir de mi? Aprendiz de todo y maestro de poco. Aquí os dejo una pequeña muestra de lo que soy. Leves retazos de lo que me llena y lo que me inspira. Lo demas, aquello que es obvio, lo descarto por no ser de especial interes, ni para mi, ni para los que por aquí se dejan caer.

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